Para Carlos Llano el líder es una persona cuya capacidad de conseguir objetivos brota de la fuente íntima de su naturaleza. De ese núcleo puede surgirle la creatividad de proyectar obras y la habilidad de dirigir personas, siendo lo segundo lo más grande y difícil. Nunca la persona es líder por un accidente artificial que le viene de fuera y no puede dejar de serlo por temporadas (aunque pueda dejar de ejercerlo, como la honradez no desaparece en el que duerme). El fruto resulta un hábito adquirido que afecta el nivel ontológico (en el ser) además de mostrarlo en el práctico (en el hacer). Y si es susceptible de adquirir ese hábito lo es fundamentalmente por su dignidad, gracias a la cual puede trascender en misiones mayores que él.
“La dignidad humana consiste y
es causa, a su vez, del hecho privilegiado gracias al cual puede encarnar
ideales trascendentes y puede imprimir cursos perennes a las entidades y a las
personas que las constituyen. El liderazgo no se superpone postizamente a la
persona, es la expresión de su más profundo modo de ser y trasunto de su
insondable vida interior. No es un aditamento de quita y pon. De ahí la
necesidad de que el líder encarne valores sustanciales y sólidos, y no se valga
epidérmicamente de teorías pasajeras.”[1]
Por tanto, se refiere a una
obra de encarnación más que de mimetización o adopción de técnicas presentes en
los discursos de moda del momento, como la actualización de un imponente potencial
óntico que se logra a base de libertad y voluntad decidida. Otras teorías
pasajeras en el siglo pasado y comienzos del presente (psicología de poca
profundidad, recetarios de éxito, buenas prácticas de líderes momentáneos) surgían
con virulencia y suponían una tentación para los lectores ávidos por sugerir
caminos cortos, soluciones rápidas para el más magnánimo de los logros humanos:
el mandarse a sí mismo y dirigir a los demás consiguiendo su desarrollo
personal. Como resulta evidente, estos recetarios han sido en su mayoría fuegos
fatuos que no han logrado más que iluminar la vida de las organizaciones por
momentos breves.
Al surgir de la dignidad
humana, el liderazgo no puede dejar de ser una elección libre. Para Llano nunca
sería solamente un automatismo o resultado de un carisma genético. Eso sería
poco digno. En cambio, es siempre y solamente fruto de la libertad del hombre
que quiere positivamente el bien del otro, el propio y el del equipo.
“Ello subraya lo que,
al hablar de liderazgo, no podemos dejar de mencionar. Implica, en efecto, que
tenemos libertad de elegir; libertad a tal grado libre, valga la redundancia,
gracias a la cual podemos llevar a cabo algo que –sin esta consideración- nos
resultaría inusitado: la libertad de elegir el bien del otro antes que el
propio (con lo que el bien propio quedaría conseguido con una mayor seguridad y
por el camino más noble, haciéndonos nobles a nosotros mismos).”[2]
Esta concepción de la naturaleza del líder la podríamos
definir como:
a)
Alguien
quien encuentra en su naturaleza y en su dignidad esa capacidad; no es algo
postizo, ajeno. El liderazgo se encarna en el líder y se identifica con él,
hasta tal punto que lo que existe en la realidad es el líder que absorbe en su
existencia el “liderazgo”;
b)
Por
ser algo conforme a la dignidad de su naturaleza, su acción de líder debe ser fruto
de la libre decisión de la persona y no tanto de carismas o temperamentos
heredados;
c)
Esa
decisión consiste en mejorar a la persona subordinada, en primer lugar,
mediante el servicio que simultáneamente mejora al líder, y buscando el bien
común de la organización o equipo.
Esta concepción del líder es notoriamente distinta a lo
que otras teorías del management
moderno han propuesto, en gran parte por el gran vacío filosófico y
antropológico en que surgen y se presentan.